viernes, 26 de octubre de 2007

A Lencho, mi abuelo, mi padre!

No he querido dejar pasar el mes de octubre sin hacer al menos una entrada, por que octubre es para mi un mes mas que agradable… tengo gratos y bellos recuerdos, de hecho de uno de estos recuerdos versara esta entrada, decía aquella vieja canción que mi abuelo decía que cantaban los hermanos Michel “de las lunas la de octubre es mas hermosa”, y es que nada hay mas real que esta frase, a mi me criaron tres tías y mi abuelo, ya de mis tías hablare en otra ocasión, el día de hoy quiero hacer una remembranza de mi abuelo Florencio, Lencho como era conocido en el bajo mundo de los calzones, la casa donde viví mi infancia en Poza Rica de Hidalgo Veracruz, era una fresca casa de madera estilo americano, con un porche que tenia un corredor con una bardita mas que apropiada para sentarse a recibir el fresco de la tarde, Poza Rica es una ciudad ubicada en un valle en el norte del estado de Veracruz, donde la mayor parte del año hace bastante calor, sin embargo desde mi humilde punto de vista tiene unos atardeceres por demás hermosos y con una temperatura mas que seductora, no de balde el puerto de Tuxpan de Rodríguez Cano también es conocido como ” la ciudad de los bellos atardeceres”, cabe mencionar que además la sierra de Puebla esta como a una hora de camino de Poza Rica, luego entonces las tardes están de puta madre, mi abuelo en las tardes se sentaba en la bardita del corredor a luchar con un viejo radio para que sintonizara las estaciones de la ciudad de México y del Puerto, (¿Cómo que que puerto?, cualquier veracruzano les dirá que puerto, ¡mensos!), para poder escapar de los quejidos de Jose Jose, o de los berridos de Amanda Miguel, o de las peleas de Pimpinela o los alaridos de Juanga, o de los mugidos de Emanuel, que por ese tiempo dominaban el mercado musical y con ello las estaciones de radio, y de aquel viejo armatoste de mi abuelo salía la dulce voz de Amparo Montes, la consentida de mi abuelo, la recia presencia del tenor continental, el samurái de la canción Pedro Vargas, los acordes maravillosos de los trios de la vida, la voz triste y cansada de sentir de Emilio Tuero, el sentimental “Hipocrita” de Fernando Fernández, la alegría chocante de las jilguerillas, la melancolía de Toña la negra y la lejanía perpetua de Agustín Lara, yo veía el coqueteo de mi abuelo con María Luisa Landin pero siempre serle fiel a Amparo… después de bañarme mi tía me dejaba que fuera a ese corredor tan de mi abuelo con la suave advertencia de “no molestes a mi papa”, creo que nunca lo hice, siempre me recibía con los brazos abiertos y me contaba historias que no entendía: de raptos de mujeres, si, si, parece que fue hace mucho tiempo pero no tiene tanto, de conquistas en la ciudad de México cuando era la región mas transparente del aire, de vestidos largos que eran mas fáciles que quitar que los malditos pantalones de mezclilla, de cómo bailar un buen danzón sin formulas sin sentido como aquella del ladrillo, “el danzón es solo un baile para retallarse con la mujer…” dijo, de promesas que no se cumplen, de dolores que son un bálsamo para el alma, y de cómo todas esas canciones lo transportaban a un mundo donde vivió, donde la gente que amo todavía vivía, en algunos casos simplemente todavía quería verlo… en ese corredor me dijo que me llevaría a la cueva de Amparo, no pudo hacerlo en vida, pero se que algún día lo hará, y Amparo nos cantara a ambos sentados juntos, no se si en una bardita en un corredor en un porche en una casa de madera o en una mesa con mantel largo y blanco de su cueva allá donde estén ahora, solo se que la persona que soy ahora se lo debo a Lencho, y quizá por que no un poco a la “Ofrenda” de Amparo Montes.

2017

Este año que empieza y como casi todos los años he decidido retomar esa extraña costumbre de escribir lo que de repente pasa por la cabe...